Esencia….

22 12 2009

Por José María Carrasco


“El mejor arte marcial”, “el sistema más eficaz”, “la más devastadora defensa personal”… ¿Os suena? Seguro que sí: forma parte de la grandilocuente verborrea publicitaria con la que, invariablemente, se nos intentan “vender” casi todas las artes marciales o deportes de contacto por parte de distintos gimnasios e instructores. Sin embargo, salvo honrosas excepciones (que las hay, por supuesto), creo que tantas frases ampulosas y rimbombantes únicamente son un triste ejemplo de lo que tan bien expresa aquel antiguo refrán: dime de qué presumes, y te diré de qué careces. Y es que, curiosamente, suele darse una regla de tres inversa entre la teoría que destilan estos asertos y la demostración empírica de los mismos: a más altisonante la afirmación, menos posibilidades de que quien la sostiene refrende en la práctica su veracidad. Cada vez que alguien proclama a los cuatro vientos la “superioridad” de su sistema sobre cualquier otro y se le invita amablemente, de forma completamente amistosa y sin siquiera un atisbo de mala fe, a demostrarlo compartiendo un entrenamiento con sujetos que practican estilos “netamente inferiores”, se deshacen en excusas, evasivas y pretextos de toda laya: que si es que me viene mal, que si no tengo que demostrar nada a nadie, que si os puedo hacer mucho daño, que si mi sistema prohíbe tajantemente mezclarse con gente de otros sistemas, que si… que si… que si… Que si la abuela fuma costo y se traga el humo, vamos. Eso cuando se arguye algo, que muchos se limitan a mirar a otro lado y dar la callada por respuesta, “pasando olímpicamente” de estas invitaciones como si ni siquiera las oyesen… cuando, en muchos casos, es evidente que sí las han oído. ¡Vaya si las han oído! Pero claro, una cosa es “oír”… y otra muy distinta “escuchar”, lo que, por ende, obligaría a darse por aludido, cosa que estos “letales tragahombres” no suelen hacer jamás. Cuando uno se ha ufanado de más de lo que en realidad puede, conviene hacer un discreto mutis por el foro antes de que los hechos dejen en evidencia la escasa base sobre la que se sustentan ciertas afirmaciones… y termine quedando patente que no se es más que, en el mejor de los casos, un vendedor de humo. En el peor, utilícese el calificativo que a cada cual más le satisfaga: timador, embaucador, trapacero, engañabobos, sinvergüenza, estafador…

Como ya expuse en su momento, en mi opinión, un “arte marcial” que se precie de tal debería ser capaz de probar de manera fehaciente la validez de sus planteamientos a la hora de abordar el enfrentamiento con otro u otros seres humanos, lo cual, al fin y a la postre, se supone que es su razón de existencia. Sin embargo, hoy día, se dan cada vez más casos de instructores y disciplinas, casi todas ellas de nuevo cuño, que rehúyen sin tapujo alguno cualquier conato de enfrentamiento, ni siquiera entre alumnos de una misma clase: los compañeros son siempre sumamente colaboradores y dóciles, quedándose quietos y dejándose hacer todo lo que su partner desee en ese momento con una pasividad inaudita y una ingenua resignación tan pasmosa como angelical. “¿Practicar combate? ¿Qué dices, estás loco? ¡Quita, quita, que eso duele! Además, ya sabes que nosotros entrenamos técnicas mortales de necesidad, y no vamos por tanto a correr el riesgo de que pueda ocurrir un accidente, ¿verdad?”. Apuesto a que a muchos también les resultan familiares estas o parecidas argumentaciones para no probar, en condiciones algo más hostiles y menos idílicas, lo que se afirma es “infalible y devastador”. Y es que claro, en seco todo el mundo nada muy bien… pero tarde o temprano hay que arrojarse al agua para saber si, en realidad, somos capaces de permanecer y desplazarnos en la superficie del líquido elemento o nos vamos a pique cual pez de plomo. Si me están vendiendo un método de natación como la panacea capaz de permitirme enfrentarme incluso a un mar embravecido y, a la mínima ocasión en que me meto en una piscina con dos palmos de agua, no puedo evitar tragar más champán de ranas que un sumidero… cabe suponer de manera fundada que “algo” está fallando. La mejor forma que los antes citados “vendedores de humo” poseen de soslayar tan peliagudo trance es, precisamente, no permitir que sus alumnos se acerquen siquiera donde haya un charco… y, ni que decir tiene, evitar ellos mismos ponerse en tales tesituras al precio que sea. Por ello hay que insistir hasta la saciedad en un axioma de identidad, recalcándolo y machacándolo hasta lograr que en la mente de los educandos se produzca una identificación sin riesgo de fisura alguna entre sus dos términos: poner a prueba lo que sabemos = caca de la vaca. Eso sí, todo ello aderezado con una generosa ración de floridos y convincentes subterfugios para que quede claro que, si esquivan y obligan a sus alumnos a esquivar cualquier verificación de la validez de “lo que saben”, no lo hacen por miedo a que se descubra el pastel, ¡qué va!, sino porque hay que ser “amante de la paz”, porque es preciso estar “en armonía con el Universo”, porque es una bajeza “manchar tus manos con la sangre de pobres infelices que no conocen tus mortíferas capacidades”, o porque hay siempre que mostrar un “espíritu superior ante cualquiera que venga con la pretensión de perturbar nuestro estado de plácida ataraxia y empatía con nuestros semejantes”. Si en alguna rara ocasión un discípulo no alcanza a evitar el enfrentamiento y, como no puede ser de otra manera, sale escaldado del mismo con unos cuantos cardenales (cabe esperar, con suerte, que no más), la culpa habrá sido del susodicho alumno, que en su infinita torpeza no ha sabido utilizar de manera eficiente las “infalibles herramientas” de las que disponía para escapar con bien del atolladero. Y, si es uno de estos instructores quien no atina con la maña para dar esquinazo al varapalo, habrá sido, faltaría más, porque un cúmulo de circunstancias nefarias, por mor de la ley de Murphy y de los inicuos hados, se han confabulado contra él: ha resbalado, le han cogido por sorpresa y no se encontraba preparado, ese día estaba aquejado de una descomunal migraña, su rival era un sujeto vil, marrullero y sin honor que ha utilizado “trucos sucios” (¡como si tal cosa existiese cuando hablamos de arrebatar o preservar una vida!)… O sencillamente que, atendiendo a la prédica de su doctrina de concordia fraternal con todo y todos, ha preferido dejarse pegar antes que demostrar su “preclara superioridad” al pardillo que se le puso enfrente y no sabía, ¡pobre!, a quién se estaba enfrentando. Lo peor del caso, desde mi punto de vista, es que algunos de estos “Maestros” (así, con mayúscula), como en un alarde de “modestia” sin parangón no dudan en autocalificarse, se llegan incluso a creer sus propios embustes. Qué pena…

Reza un viejo proverbio que, si no puedes soportar el calor, mejor aléjate de la cocina. A la hora de probar la validez de lo que propugnan, a las Artes Marciales Filipinas no solo no les ha importado nunca entrar hasta el recoveco más candente del fogón, sino que incluso jamás les han dolido prendas en sumergir directamente las manos en las brasas si era menester. Cuando tu vida puede llegar a depender de lo que practicas, más vale que estés muy seguro de que tales habilidades funcionan sin el menor atisbo de duda. En una primera fase de aprendizaje, para fijar bien y sin defectos la técnica de la que se trate, no hay más solución que el que tus compañeros colaboren y se “dejen hacer”. No obstante, si nos quedamos siempre ahí, no lograremos en la vida convertir esa técnica en “funcional”: únicamente será aplicable en esas condiciones, con quienes nos permitan aplicársela sin ponernos traba alguna. Y supongo que todos coincidiremos en que tal situación no se va a dar jamás en una pendencia “real”. Es por ello que poco a poco se va haciendo que el compañero colabore menos, hasta llegar al punto en que no colabora en absoluto y trata de evitar que le apliquemos lo que pretendemos emplear. El siguiente paso es, lógicamente, pasar al combate, auténtica “piedra de toque” de todo lo que aprendemos y campo de experimentación quintaesencial para poder poner a prueba nuestras aptitudes sin que un fallo nos cueste muy caro.

Antiguamente, los combates de desafío se podían saldar incluso con la vida de uno de los contendientes. Hoy día, al menos en las sociedades occidentales más avanzadas, ni las leyes ni las circunstancias permiten llegar a esos extremos. No obstante, no por ello debemos arrinconar el combate como algo obsoleto, trasnochado y caduco. Antes bien, con las debidas modificaciones, sigue siendo una herramienta de extraordinaria utilidad para “afilar” nuestros “instrumentos”. Esas modificaciones, merced a las modernas tecnologías, permiten que cada cual, a su gusto, regule el “nivel de castigo” al que quiere llegar en su práctica: disponemos de palos acolchados, protecciones de los tipos más variopintos, palos de distinto peso y consistencia, cuchillos de sparring… Es decir, que podemos incluso practicar combate sin que al día siguiente tengamos ni tan siquiera uno de esos “antiestéticos cardenales” que algunos aducen que, a causa de sus trabajos, no se pueden permitir mostrar. Con practicar a intensidad moderada, con palos o cuchillos acolchados, y ataviados con una careta de esgrima y unas guantillas gruesas (amén de la imprescindible coquilla en los varones), asunto solucionado. ¿Que preferimos algo más contundente? Bien, para eso están los cascos y trajes WEKAF… si bien, a título personal, no me gustan demasiado: al ir tan protegidos, los combates se tornan un intercambio de palos al buen tuntún en el que la técnica brilla por su ausencia, dejándose los luchadores golpear de una manera que, si no llevasen tal “armadura”, ni locos permitirían.

Finalmente, si algo demostraron los Dog Brothers es que incluso se puede llegar al combate de contacto total, con mínimas protecciones, sin que nadie muera por practicar de esta forma. En España tenemos un ejemplo cercano con las reuniones que organiza, siguiendo la misma filosofía, la Sociedad de los Guerreros. ¿Hematomas? Por supuesto, muchos y variados. ¿Sangre? En ocasiones es inevitable que haga su aparición. Pero no suele pasar de ahí. Y, francamente, desde mi punto de vista, si pretendes practicar un “arte marcial” tal y como yo lo entiendo (ver artículo al respecto) sin siquiera hacerte nunca un arañazo ni sentir lo que es el dolor… me parece que has errado en tu elección al escoger las AMF. Mejor busca otra cosa de las que mencionaba antes, sistemas cuya meta sea “superarse a uno mismo” o “ser mejor persona”, por ejemplo. Como otras veces he dicho, objetivos muy loables… pero que poca relación guardan con una práctica marcial seria. Eso sí, lo único que pediría a los instructores de estos sistemas es que, al menos, sean decentes y no engañen a quien se acerque a preguntar diciendo que no se preocupe, que le van a convertir en un “supermegaguerrero de la muet-te” sin que nadie roce siquiera un pelo de su cabeza. Que se muestren sinceros y manifiesten que lo que practican, si bien basado en los métodos marciales que en su día se empleaban para sobrevivir, no tiene ya ese carácter y busca objetivos muy diferentes. Si es así, si juegan con decencia y las cartas boca arriba, por mi parte nihil obstat. Ahora bien, creo asimismo, no lo voy a negar, que si un sistema de AMF no tiene ya como objetivo principal la supervivencia pura y dura, ha perdido todo su espíritu. Y me dolería ver que los sistemas autóctonos de ese archipiélago emprenden el camino que han recorrido ya otros estilos. El combate ha sido siempre un elemento definitorio de las AMF, un componente esencial de su armazón estructural sin el que me resulta harto difícil concebirlas. No creo que se deba perder. Dejemos, pues, que sean otros los que recorran esa senda. Como practicante de Eskrima creo que la nuestra es otra muy diferente, y que el combate forma, debe formar, parte inextricable de la misma. Que es la auténtica “prueba del algodón” que caracteriza a nuestras disciplinas, su esencia más genuina. Y que ningún sistema debería poder proclamar la utilidad práctica de lo que enseña sin haberlo puesto a prueba, como sí hacen la mayoría de los estilos filipinos.

Al césar…





Por mucho que alimente…

16 12 2009

Por José María Carrasco


Hay cabezas de estilo en la Eskrima que no practican artes marciales.

No, no estoy intentando crear polémica… pero sí, has leído bien: aunque suene paradójico, los fundadores y máximos representantes de algún que otro estilo de Eskrima no practican ni enseñan ningún tipo de arte marcial. O, al menos… eso afirman. En su opinión, aquello a lo que han dedicado gran parte de su vida es un método de autodefensa, un sistema cuya utilidad se circunscribe  a matar al enemigo antes de que el enemigo nos mate a nosotros. Punto. Según su criterio, el concepto de “arte marcial” implica una serie de connotaciones que no poseen en absoluto las disciplinas que ellos trabajan, de modo que difícilmente se las puede incardinar dentro de los parámetros que dicho concepto delimita.

Por supuesto, tienen razón… pero no la tienen. Sí es cierto que, a día de hoy, cuando se habla de “artes marciales” casi todo el mundo las asocia con una serie de conceptos éticos, morales o filosóficos sin los que no son capaces de concebirlas. Y, sin embargo, en su origen histórico las prácticas de esta índole nada tenían que ver con estos conceptos. Su utilidad era clara: intentar aumentar las posibilidades de subsistencia del guerrero en un campo de batalla, convertir a sus adeptos en las más eficaces trituradoras de carne humana que pudiesen llegar a ser. Ante la perspectiva de que un hipotético enemigo nos cortase la cabeza, cualquier otra consideración estaba invariablemente de más. Lo que ocurre es que, como afirma una máxima de la que no recuerdo el autor, en tiempos de guerra la gente común busca a un héroe para que la dirija y le saque las castañas del fuego; sin embargo, cuando esos tiempos de necesidad han pasado y se vuelve a una época de paz… ¡ah, amigo, la cosa cambia radicalmente!: esa misma gente que no hace mucho buscaba al sujeto excepcional para que la guiase, que ensalzaba su singularidad y alababa su “ardor guerrero”, quiere ahora todo lo contrario, que la rija alguien gris y anodino que no sobresalga en absoluto para que no le recuerde su propia mediocridad. Sin conflictos en perspectiva, alguien que conozca siete maneras diferentes de tronchar el cuello de otro ser humano y otras tantas de dejarle tetrapléjico para el resto de su vida deja de estar bien visto. Aunque su comportamiento sea intachable, aunque se convierta en un pilar de la sociedad, siempre va a provocar recelo y desconfianza entre los ciudadanos comunes, pues su sola existencia exacerba los miedos e inseguridades que atenazan a los integrantes de lo que pudiéramos llamar “el pueblo llano”.

Así pues, para sobrevivir, el guerrero tuvo que adoptar la estrategia del camaleón: mimetizarse, camuflarse de tal manera que sus destrezas no pareciesen lo que en realidad eran. Es entonces cuando se añade al corpus formal de sus prácticas toda esa serie de ideas de corte ético-moral-filosófico a las que antes he hecho alusión: surgen las nociones de “do”, de “tao”, de vía de perfeccionamiento personal, de camino para superarse a uno mismo y ser mejor persona, de medio para unificarse con el cosmos e integrarse en el Universo… Todo ello muy loable, por supuesto, pero, analizado fríamente… sin apenas conexión con el fin primigenio para el que fueron concebidas esas prácticas: tullir, mutilar, matar y destruir al enemigo. En reciprocidad, se consigue a gran escala la tan anhelada aceptación social, que alcanza su culmen en las disciplinas que, además, “deportivizan” su práctica, puesto que el deporte es algo sano, benéfico, no una praxis ominosa y maligna. Eso sí, hubo que pagar un peaje en el proceso: las técnicas más “peligrosas” (que, por ende, solían ser las más resolutivas y váidas) tuvieron que ser desechadas o modificadas para no resultar tan “lesivas”; lo que eran métodos vivos y en constante progreso en pos de la mayor eficacia se cristalizaron y dejaron de evolucionar porque así lo marcaba “la tradición”; en definitiva, se “descafeinó” algo cuya esencia era letal para convertirlo… en “otra cosa” que poco o nada tenía que ver con su razón de ser más genuina.

Y es esta visión lisiada, disminuida y simplista de lo que en su día fuese un todo glorioso lo que hoy día se concibe como “arte marcial”. Es esto de lo que algunos líderes de estilos filipinos reniegan y, con toda la lógica del mundo, se oponen a calificar sus sistemas usando semejante apelativo. No obstante, he afirmado al principio que, pese a tener razón… no la tienen. Y es que el hecho de que una “inmensa mayoría” defienda una tesis no significa en absoluto que esté en lo cierto; recordemos aquel aforismo que reza que “más de diez mil millones de moscas no pueden equivocarse: come mierda”. “Marcial” es un término que no deja lugar a duda: relativo a Marte, dios de la guerra en la mitología romana. Empero, “arte” no es un vocablo tan unívoco. Veamos qué nos dice de él el diccionario de la RAE:

arte.

(Del lat. ars, artis, y este calco del gr. τέχνη).

1. amb. Virtud, disposición y habilidad para hacer algo.

2. amb. Manifestación de la actividad humana mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros.

3. amb. Conjunto de preceptos y reglas necesarios para hacer bien algo.

4. amb. Maña, astucia.

5. amb. Disposición personal de alguien. Buen, mal arte

6. amb. Instrumento que sirve para pescar. U. m. en pl.

7. amb. rur. Man. noria (‖ máquina para subir agua).

8. amb. desus. Libro que contiene los preceptos de la gramática latina.

9. amb. pl. Lógica, física y metafísica. Curso de artes

Las acepciones del vocablo que podrían aplicar a nuestras disciplinas se ciñen, como parece lógico, a las cuatro primeras de la lista. Y, ¡mira tú qué curioso!, únicamente la segunda hace referencia a un concepto relacionado de algún modo con la estética. En las demás, tal connotación brilla por su ausencia: un “arte” no es sino una habilidad, una maña, un precepto que sirve para hacer algo. Los que tenemos cierta edad recordamos aún cómo, antiguamente, no era raro aludir al “arte del zapatero”, al “arte del carpintero”, al “arte” de cualquier otra profesión imaginable, sin que estas menciones tuviesen ni un ápice que ver con las “bellas artes”, sino con el “buen hacer” del profesional de turno a la hora de desempeñar su tarea (algo así como el famoso “kung fu” que, erróneamente, pasó a denominar en occidente a los sistemas marciales de origen chino). Y, a mi parecer, tal es el significado primigenio que se quiso dar a “arte marcial”: las destrezas del guerrero, los artificios que le permitían desempeñar su tarea del modo más competente posible, sin ningún otro marchamo añadido. Eso no quiere en absoluto decir, no creo que sea preciso apostillarlo, que una patada, un puñetazo, un corte con un sable o cuchillo, una proyección o luxación, o cualquier otra técnica que nos venga a la mente, no tengan para el entendido o, incluso, para el profano, una enorme belleza plástica. Pero no es ese ni por asomo el criterio básico por el que se debe juzgar su ejecución, sino que el quid de la cuestión radica en si, pese a que puede resultar incluso estéticamente “fea”, dicha técnica ha logrado de manera eficiente el objetivo que se proponía. Su vitola “artística” ha de reposar necesariamente sobre dicho puntal.

Los sistemas filipinos, merced a su larga tradición guerrera fomentada por los escasos periodos de paz de los que han disfrutado en el archipiélago, han conservado en toda su pureza este concepto original de lo que es un “arte marcial”, sin haber sido “contaminados” por ningún añadido espurio posterior. Es por ello que, aun respetando, como no puede ser de otra manera, el punto de vista de los antes mencionados líderes, no puedo sino manifestar mi disconformidad con el mismo. “Y sin embargo se mueve”, dice la leyenda (falsa casi con seguridad, pero muy significativa) que pronunció en voz baja Galileo Galilei cuando la Inquisición le obligó a abjurar públicamente de la teoría heliocéntrica, y a declarar que era la Tierra la que permanecía inmóvil y el Sol el que giraba alrededor de ella, tal cual era comúnmente aceptado por casi todo el mundo en aquella época. Sin embargo, permitidme porfiar en que no siempre el que “la mayoría” sostenga una opinión significa que estén en lo cierto, y la Historia rebosa de ejemplos como el de Galileo en los que el futuro terminó demostrando que las tesis de quienes fueron vilipendiados e, incluso, dieron la vida por defenderlas, eran las correctas: Copérnico, Servet, Colón, Darwin, los hermanos Wright… Es evidente que resulta más fácil y origina menos quebraderos de cabeza el no oponerse a la línea de pensamiento imperante en una materia, yentiendo por tanto sobradamente a quien decide no hacerlo.

Yo, en conciencia, no puedo.

Me niego a ser otra mosca alelada y, puesto que el común de los dípteros ha consensuado que el significado de “arte marcial” es el que ellos quieren imponer, transigir con su visión. Me parece muy bien que insignes cabezas de estilo declaren que lo que ellos instruyen nada tiene que ver con las artes marciales. Dado el estado en el que se halla hoy día el pensamiento del colectivo social al respecto, es lo más cabal, lógico y sensato. Para mi desgracia, pues ya digo que reporta no pocos sinsabores, nunca he descollado por lo acendrado en mí de esas virtudes. Antes bien, en mi persona, suelen brillar por su ausencia, y en mi necedad tiendo a ser estúpido, desatinado e idealista hasta la contumacia. De resultas de lo cual, aun sabedor de que nado a contracorriente… me resisto a “comer mierda”. Por mucho que todas las moscas afirmen que alimenta, por más que esos insectos, en enjambre y al unísono, no cesen de cantarme al oído incontables loas a sus virtudes nutritivas sin parangón, no me gusta su olor y menos incluso su sabor. Entreno un sistema filipino. Entreno Warriors Eskrima. Y, aunque sea llevarle la contraria a eminentes creadores de estilos que, sin el menor atisbo de duda, me superan de largo en experiencia, conocimientos, sabiduría y madurez…

…considero que sí practico un arte marcial.





Seminario PG Krishna Madrid-2009

10 12 2009

Pasadas un par de semanas de merecido descanso tras el seminario, es el momento de las conclusiones sobre el curso impartido por Pangulong Guro (PG) Krishna en Madrid el pasado 21 de noviembre. La mañana del sábado comenzó con una sesión de entrenamiento privado para instructores, y altos grados, donde pudimos enfocarnos en el entrenamiento de combinaciones avanzadas de sólo bastón. Basándonos en secuencias de golpeo desarrolladas por Grandes Maestros, cuyos estilos forman parte del propio sistema Warriors, como “Inting” Carin o “Atong” García para desarrollar atributos, pudimos aproximarnos a un uso del palo casi quirúrgico, donde la precisión y la potencia se combinan con cambios de dirección, fintas y amagos. Este tipo de trabajo es de aplicación en cualquier distancia, pero cobra especial relevancia como método de entrenamiento de la distancia corta, donde el uso del espacio entre los dos oponentes reduce la capacidad de maniobra del arma. Tras el stage, nos quedamos con mucha información y “tarea para casa” que nos permitirá seguir mejorando este avanzado aspecto del estilo.

Tras la sesión privada tocaba momento de exámenes de instructor, nuestros compañeros Enrique García (Warriors Barcelona) y Santiago Álvarez (Warriors Canarias y Madrid), pasaron sus pruebas para instructor de primer nivel y de cuarto respectivamente, enhorabuena a ambos.

Por la tarde, y tras una comida rápida, nos trasladamos desde Tres Cantos a Madrid centro para el seminario principal. Como ya estaba anunciado, la temática del seminario estaba centrada en el trabajo de cuchillo y contamos con gran cantidad de participantes venidos desde todos los rincones de la “piel de toro”. PG Krishna centró el trabajo el seminario en el trabajo de cuchillo contra mano vacía, mostrando distintas variedades de formas de “taping” y direccionamiento o anulación de ataques.

Dentro de los distintos “drills”, PG Krishna mostró no sólo la forma correcta de ejecutar acciones según que condiciones,  sino, más importante aun, lo que no había que hacer para evitar que nuestras respuestas a las distintas acciones de ataque se volvieran contra nosotros. La horas pasaron volando y terminamos incluso un poco más tarde de lo previsto, por lo que agradecemos a Sifu Juan Carlos Serrato y a Laura, propietarios de la sala, la paciencia que tuvieron con nosotros así como la ayuda y soporte que nos han dado antes, durante y después del evento.

Como siempre, nos quedamos con ganas de más, pero no será hasta Mayo que volvamos a contar con PG Krishna en España, mientras tanto, tenemos mucho trabajo que hacer y mucho que entrenar con todo el material que nos ha dejado. Gracias Guro y gracias a todos los participantes por el apoyo, nos vemos en Mayo.





Krishna Godhania en el SummerCamp 2009 de la IKAEF

11 11 2009

Video promocional de PG Krishna grabado en summercamp de la IKAEF de este año. Pangulong Guro, así como otras figuras relevantes de los sistemas filipinos como Tuhon Ray Dionaldo de Sayoc Kali y FCS, estaba entre los intructores invitados para impartir clases durante el evento.

Gracias Enrique por el enlace.





Seminario en Tenerife

10 11 2009

El próximo sábado, día 14, J. Kasama Guro Santiago Álvarez  impartirá un seminario en Santa Cruz de Tenerife.

seminarioTenerife14112009

Para más información: Xabier Kamio, (xabierks@terra.es)
Tfno.: 652 670 312





Sesión Nocturna (Conclusiones).

5 11 2009

Finalmente, y gracias al buen tiempo que nos acompañó toda la jornada, pudimos celebrar nuestro entrenamiento nocturno el pasado viernes 30. Durante cuatro horas entrenamos distintos tipos de trabajo que iban desde lo más estándar, o frecuente, hasta lo más atípico, como puede ser el entrenamiento de distancias contra armas de fuego.

La sesión comenzó con el trabajo de sparring de palo y cuchillo, inicialmente estaba contemplado que se realizara trabajo con palos acolchados, pero dado que todos los asistentes son alumnos que ya han experimentado este tipo de trabajo, se decidió usar palo real en toda la sesión. Muchas conclusiones interesantes se pueden extraer de realizar este tipo de trabajo con poca luz y terreno irregular, dado que la poca visibilidad para un arma que se mueve tan rápido hace que haya que replantear la forma de realizar las defensas para que estás abarquen la mayor superficie posible a defender en cada movimiento.

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Continuamos con el trabajo de combates en grupo usando escenarios, aquí si que se hacía imprescindible usar armas acolchadas dado la intensidad que supone un combate en grupo, donde los golpes “llueven” por todas partes, en un terreno irregular y, como hemos comentado, con poca visibilidad. Comenzando con la defensa de un área determinada, delimitada entre árboles, por parte de un grupo y otro, más numeroso, que la ataca para hacerse con un objeto a rescatar, y terminando con enfrentamientos a campo abierto de dos grupos donde el menos numeroso iba armado con doble palo en lugar de un sólo palo, pudimos probar, y comprobar, como los parámetros que suelen declinar la balanza en un duelo uno contra uno no son suficientes en un enfrentamiento en grupo. Los ya comentados condicionantes del terreno y visibilidad, las reglas que impone el enfrentarse a oponentes múltiples con distintas combinaciones de armas, las estrategias de los grupos para reducir a los oponentes, las formaciones de ataque y defensa, la utilización de los elementos del entorno como medio para protegerse, el añadido del estrés de tener un objetivo a conseguir con la premura de un tiempo contando en contra, o la siempre útil solución de buscar un hueco por donde correr, toman el control de la situación y nos confirman, una vez más, lo complicado de salir indemnes de un enfrentamiento de este tipo. Las “batallas”, incluso simuladas, son algo muy serio que hace que realmente uno se cuestione la viabilidad de salir indemne de un conflicto en masa.

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La siguiente hora fue de para el trabajo de distancias contra armas de fuego. Aquí, a todos los elementos comentados hasta ahora como condicionantes, se les une la velocidad. Organizados por parejas donde uno portaba la pistola y otro un cuchillo, probamos distintos tipos de distancias para entrar al oponente de la pistola antes de que este pudiera disparar o intentando que fallara, caso de poder hacerlo, mediante desplazamientos diagonales, engaños, distracciones, etc. Para evaluar las opciones que la persona armada con la pistola podía tener, jugamos con las distintas combinaciones de tener el arma enfundada y sin montar, enfundada y montada, desenfundada y no montada y, finalmente, desenfundada y montada. Otro elemento que probamos fue ir variando las distancias entre los dos oponentes o el estar colocados en posiciones a distintos niveles de altura aprovechando la irregularidad del terreno. Las conclusiones no pudieron ser más contundentes, inclinándose, en un porcentaje demoledor, a favor del agresor armado con el cuchillo incluso en casos donde el portador de la pistola llegaba a disparar.

El último apartado fue el de lanzamiento de proyectiles y trapo. Este trabajo lo hicimos en dos partes, la primera, por parejas donde uno de los sujetos portaba el “trapo” y el otro ejecutaba los ataques de proyectiles usando los típicos “palillos chinos” como lanzadores. El trabajo del “agredido” era usar el trapo como elemento defensivo para deflectar la entrada de los proyectiles. Inicialmente es un ejercicio complicado y frustrante para el defensor porque la ausencia de control del “trapo”, que como arma flexible que es requiere de entrenamiento para controlarlo, hace que los ataques iniciales hagan impacto en un altísimo porcentaje, pero es aquí donde entra en juego la importancia de la repetición de las acciones, de ahí que se usarán tacos de hasta 50 y 60 palillos, porque a medida que se va repitiendo el ejercicio, aumenta el control sobre el trapo y la balanza empieza a inclinarse hacia el otro lado, haciendo que el porcentaje de ataques deflectados aumente hasta superar al número de proyectiles que impactan. Una experiencia muy interesante que recomendamos a todos los interesados en los trabajos menos conocidos de los sistemas filipinos.

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La segunda parte del entrenamiento de proyectiles la realizamos sobre cartones usados como blancos, y usando los “trainers” con los que entrenamos habitualmente. El objetivo esta claro, tratar de hacer blancos efectivos donde los trainers acaben clavados en los objetivos. De nuevo, sólo la repetición incesante de las acciones convirtió un inicio de trainers volando por todas partes o rebotando contra los blancos por exceso de fuerza en la ejecución del lanzamiento, en blancos claros, donde los proyectiles se incrustaban hasta el mango en los objetivos. Como conclusión de este ejercicio, la importancia de la distancia al objetivo mezclada con la forma en que cada individuo ejecuta el lanzamiento, con más o menos fuerza, desde distintas posiciones, usando distintos métodos de lanzamientos, etc.

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Los que quedábamos al final....

Para terminar, la sesión estuvo salpicada de muchos momentos intensos, divertidos, desenfadados, estresantes, curiosos y así un largo etc. Nos hemos quedado con ganas de más, esa conclusión ha sido totalmente unánime, así que pronto habrá otra reunión, esta un poco más elaborada y con un fin de semana entero para hacer cosas, así como algunas sorpresas que ya se están preparando. Anunciaremos el evento con el tiempo suficiente de antelación para que todos los interesados puedan organizarse. GRACIAS A TODOS por el rato y nos vemos pronto.

S.

(Nota: Cuando abramos la sección “Media” de nuestra página, publicaremos más fotos del evento)





Algunas consideraciones sobre defensa personal y artes marciales filipinas (y III)

2 11 2009

Por José María Carrasco

 

Defensa personal femenina

RADlit

Ni que decir tiene que todo lo expuesto hasta ahora aplica perfectamente tanto a mujeres como a varones. Ahora bien, en el caso del sexo femenino existen algunas particularidades que me parece conveniente reseñar. Por favor, que nadie piense que esto va en menoscabo de la mujer. ¡Todo lo contrario!: puedo asegurar de corazón que los mejores GUERREROS, con mayúsculas, que he tenido el privilegio de conocer, han sido mujeres. Su determinación supera de largo la de casi cualquier hombre, y pueden dar lecciones de valor, arrojo y entereza que a muchos varones deberían hacernos sonrojar de vergüenza. Ahora bien, lo que es innegable es que físicamente no somos iguales, y tal es el motivo de las puntualizaciones que se relatan a continuación:

Desproporción física con el agresor

iconDesengañémonos: salvo casos muy especiales, lo normal es que una mujer sea menos alta, corpulenta y fuerte que un hipotético atacante masculino, que demostraría, además, muy poca inteligencia intentando agredir a una fémina de más estatura y robustez que él. Por tanto, y debido a esta inferior potencia física (existen estudios que afirman que, a igualdad de altura, peso, complexión y entrenamiento, una mujer es de un 30 a un 40 % menos fuerte que un hombre), hay técnicas que pueden funcionar si son aplicadas por un varón a otro, pero difícilmente lo harán si intenta hacer uso de ellas una mujer. Un puñetazo en el plexo solar, ejecutado por un hombre, puede incluso llegar a incapacitar a otro hombre de más o menos la misma talla y constitución; pero esta misma técnica, aplicada por una mujer más baja y menuda, no cabe duda de que le dolerá… si bien es harto dudoso que, en la mayoría de los casos, llegue a incapacitarle, tanto más cuanto mayor sea el nivel de adrenalina que corra por las venas del asaltante. Es más, casi seguro desataría su ira aún en mayor medida, con resultados tan impredecibles como desastrosos. Huelga decir que si, para colmo, la agresión es de índole sexual, tristemente demasiado común en nuestros días, a lo que iba a ser una “violación” (de la que se puede salir física y mentalmente destrozada… aunque viva, lo cual permitiría una recuperación más o menos lenta, ardua y penosa), puede terminar añadiéndosele el “asesinato” (sin que en tal execrable supuesto cupiese recuperación alguna). Entiéndase, por favor, lo que quiero decir: no estoy banalizando el tema de la violación, que me parece un delito tan sádico y repugnante, si no más, que el matar a otro ser humano inocente. Sé que, a veces, las secuelas psicológicas de una agresión sexual pueden parecerle a la víctima infinitamente peores que la perspectiva de la muerte. Mas yo soy de los que cree que, mientras hay vida, hay esperanza, y por tanto el menor de dos males cuya crueldad, a fuer de sincero, está lejos del alcance de mi imaginación, es el que nos permita salvaguardar nuestra existencia.

Las AMF han sido desarrolladas por pueblos que no se caracterizan, con puntuales excepciones de algún que otro individuo, por su corpulencia, estatura o complexión física recia. Sus técnicas, pues, han sido desarrolladas teniendo en mente que habrían de ser utilizadas contra individuos físicamente mejor dotados que el que las aplica, y que han de conseguir incapacitar a este agresor siguiendo todos los principios que hemos visto hasta ahora: de la manera más rápida y eficaz posible, y con el mínimo esfuerzo que sea preciso emplear. Es por ello que resultan especialmente aptas para el sexo femenino, puesto que su efectividad no radica en factores como poseer unos brazos como troncos de árbol o tener la fuerza de un coloso. Existen multitud de fotografías y filmaciones de auténticas leyendas de la Eskrima en las que ninguno destaca por ser un titán… pero a nadie en sus cabales se le ocurriría poner en tela de juicio su competencia y peligrosidad a la hora de enfrentarse a adversarios de mayor tamaño. En consecuencia, una mujer puede casi con toda certeza llegar a sentirse como pez en el agua practicando estas disciplinas, cuando es posible que en otras, por sus peculiaridades, encuentre mucha dificultad en llegar a adaptarse a las mismas y ser eficaz empleando sus técnicas… si es que alguna vez lo consigue.

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Superioridad psicológica

Todo el que agrede a una mujer está muy al tanto, siquiera de forma subconsciente, de lo expuesto en el punto anterior. Genéticamente, el hombre tiende, por desgracia, a reproducir el esquema del “mono macho” del cual desciende, con la consiguiente necesidad de imponer su supremacía sobre la hembra de la especie. Sin embargo, tal sentimiento de superioridad, si sabe utilizar  esta baza, juega a favor de la mujer. En caso de necesidad, lo peor que una mujer puede hacer es demostrarle a las claras al agresor su conocimiento de técnicas de autodefensa. Antes bien ha de fingir la más absoluta de las indefensiones, con el fin de calmar al agresor en la medida de lo posible y reafirmar su sentimiento de autoconfianza y dominio. De este modo podrá lograr que se descuide y, aprovechando la distracción, aplicarle una o varias técnicas fulminantes y definitivas que le permitan acabar con él y preservar su integridad física.

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También en este aspecto las AMF pueden ayudar en buena medida, mutatis mutandis, a conformar el tipo adecuado de “mentalidad engañosa” precisa para aparentar desvalimiento y fomentar un fatal exceso de confianza en un agresor. Muchas de sus técnicas se caracterizan precisamente por ser “falaces”, arteras, por parecer una cosa cuando en realidad se busca otra muy diferente. Amagos, fintas y movimientos capciosos conforman una porción muy significativa del entramado técnico y táctico de estas disciplinas. Un eskrimador puede ofrecer un blanco fácil al atacante para que dirija confiado hacia él su acometida, y cuando lo hace volver las tornas contra el engatusado enemigo que, de pronto, se encuentra con algo que no espera… pero ya es demasiado tarde para evitarlo: ha caído en la trampa y queda incapacitado. Puede parecer indefenso… y de pronto transformarse en un torbellino que engulle y devora a su rival antes de que se dé cuenta, tanto más si, como no me cansaré de repetir, entra en juego algún arma salida nadie sabe de dónde. Las apariencias engañan, y en la Eskrima lo hacen muchas más veces de lo que aparenta. De ahí que esa mentalidad le sea de gran utilidad a una mujer a la hora de plantear su defensa, transponiéndola y adaptándola al enfrentamiento psicológico con su asaltante.

Usar cuanto esté a nuestro alrededor

Como ya se relató en su momento, para un eskrimador casi todo utensilio cotidiano es susceptible, en caso de precisarlo, de ser utilizado como un arma. Esta versatilidad a la hora de improvisar armas, en el caso de que una mujer precise defenderse, resulta de una utilidad sin par. Por ejemplo, no existe prácticamente fémina que no suela llevar bolso, el cual puede, de por sí, constituir un artilugio que incremente sus posibilidades de salir con bien de una agresión, ya sea usado como maza (dependiendo de su peso), ya a guisa de escudo frente a un ataque de arma blanca. Además, en su interior solemos encontrar todo un arsenal de objetos de uso común que, bien utilizados, serán de una eficacia inusitada a la hora de repeler a un posible atacante: llaveros, bolígrafos, monedas, peines, horquillas… Y todo esto, amén de otra serie de artilugios que, según las circunstancias, puede portar un día u otro y que, cómo no, son susceptibles de ser transformados en armas: libros, paraguas, periódicos, revistas, móviles, pañuelos… Recordemos que la idiosincrasia de los sistemas filipinos les lleva a ser capaces de emplear a guisa de instrumento ofensivo-defensivo cualquier objeto que se halle a su alcance… y, normalmente, una mujer que tenga la mentalidad preparada para ello goza de un arsenal mucho más variopinto del que tiene a su disposición un hombre.

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Contundencia

Finalmente, y volviendo al principio, recordemos que, a la hora de golpear a un agresor, deberemos siempre hacerlo con la máxima dureza, sin miramientos y en puntos lo más vitales que sea posible. Hay zonas del organismo masculino en las que, por muy fornido que el individuo sea (luchadores o culturistas), e incluso implementando poca potencia de nuestra parte, maximizaremos el efecto de nuestros ataques: fundamentalmente, testículos, garganta, ojos y, en menor medida, articulaciones. Aparte de estos blancos evidentes, como hemos comentado con anterioridad, las AMF nos enseñarán a atacar siempre en puntos neurálgicos donde, con un mínimo de fuerza, los resultados de nuestro golpe se multiplican. Por supuesto, eso no quiere decir que se golpee suave, sino todo lo contrario: dado que con poca fuerza podemos causar mucho daño, es harto preferible que siempre procuremos golpear con la máxima contundencia que podamos para incapacitar lo antes posible al enemigo. Además, si tratándose de un varón ya expusimos que, como requisito previo a emprender la huida, resultaba sumamente recomendable que nos aseguremos de dejar al agresor incapacitado para seguirnos, en el caso de una mujer se torna casi imprescindible, a causa de lo narrado en el epígrafe relativo a la superioridad psicológica. Un agresor varón al que una mujer ha derribado quedará tan herido en su orgullo que, suponiendo que sea capaz de levantarse, el ego le hará sentirse impelido a atacar literalmente como un loco, transformándose en una fiera sanguinaria ansiosa por vengar su maltrecha masculinidad.

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Por tanto, que no nos duelan prendas a la hora de rematar a un enemigo caído con, pongo por caso, una buena patada o rodillazo, que nos hará ganar un tiempo precioso para desaparecer con presteza del lugar de los hechos (y tengamos en mente una vez más que el ordenamiento jurídico español, muy poco realista y comprensivo con los casos en que alguien se ve obligado a defenderse, considera a eso “ensañamiento”, por lo que legalmente es en extremo desaconsejable dicho tipo de actuación cuando tenemos la desgracia de enfrentar semejante tesitura).





Seminario con PG Krishna Godhania en Madrid

2 11 2009

El próximo día 21 de Noviembre, sábado, tenemos con nosotros a Pangulong Guro Krishna Godhania, responsable mundial del sistema Warriors y responsable para europa de otros sistemas como Sayoc Kali, en Madrid. El seminario estará enfocado en el trabajo de cuchillo, con lo que es una ocasión perfecta para ver de cerca el enfoque que los sistemas filipinos dan a este tipo de trabajo de la mano de uno de los maestros occidentales más reputados.

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Para más información: Francisco J. Gómez (fjgomez@eskrimadores.com)
Tfno. 630 604 760

Santiago Álvarez (sah@alianet.es)
Tfno. 617 390 437





Algunas consideraciones sobre defensa personal y artes marciales filipinas (II)

27 10 2009

Por José María Carrasco


Impredecibilidad de una confrontación callejera

11035042-11035045-slargeHay un hecho cierto que pocas veces tenemos en cuenta cuando nos dejamos llevar por la ira, y es que una pelea en la calle se sabe cómo empieza, pero jamás cómo termina. De ahí la gran importancia que los estilos filipinos suelen conferir, como antes hemos mencionado, a adelantarnos siempre que sea factible a los acontecimientos y resolver de la manera más rápida y contundente posible una situación, antes de que el cariz de la misma tome un tinte tan oscuro que se nos escape por completo de las manos. Imaginemos, a modo ilustrativo, un trance muy común: en una discoteca atestada, somos empujados por la marea humana allí presente y, sin querer, derramamos la bebida de quien tenemos detrás. El individuo, bastante borracho y típico “matón de fin de semana”, nos empieza a increpar haciendo caso omiso de nuestras disculpas y nuestro ofrecimiento de pagarle tanto una nueva copa como la factura del tinte. Finalmente, carga el puño y lo lanza directo a nuestra nariz. Esquivando la tarascada, aplicamos al iracundo sujeto un codazo en la base de la nuca que lo deja sin sentido. Pero hete aquí que el indeseable tenía un amigo situado a nuestra espalda quien, percatándose del hecho, agarra una botella e intenta estrellarla contra nuestro cráneo. Supongamos que asimismo nos apercibimos y reaccionamos con presteza, desarmando y derribando al segundo agresor. Lo malo es que la panda de amigos con quienes han venido los dos primeros individuos está ya dirigiéndose a nosotros en pie de guerra, nuestros propios amigos también vienen raudos a secundarnos, el personal de seguridad del local se une a la gresca… y, sin comerlo ni beberlo, lo que prometía ser una tranquila velada se transforma en una pelea multitudinaria de inciertas consecuencias.

¿Exageración? Ni mucho menos: echad un vistazo a las páginas de sucesos de cualquier periódico los fines de semana para daros cuenta de que tales hechos son, tristemente, moneda de cambio corriente las noches de viernes y sábado en cualquier gran ciudad, y de que no pocas veces tales trifulcas se terminan saldando con un trágico balance de heridos graves… o incluso, en el peor de los casos, con muertos. Para colmo, al tradicional navajero hispano se le han sumado en los últimos tiempos, a consecuencia de la inmigración, elementos exóticos de distintos países para los que portar y utilizar un filo es algo tan consustancial casi como respirar. Suma a este hecho la cantidad de alcohol y otras drogas no legales que muchos de estos sujetos armados llevan circulando por la sangre los últimos días de la semana y en festividades varias… y el cóctel resultante se convierte en una mezcla explosiva que eleva exponencialmente las posibilidades de que cualquier discusión violenta pueda terminar desembocando en uno o varios funerales. Eso, por no mencionar que la delincuencia callejera va en aumento y la violencia media del delincuente habitual escala posiciones en la misma medida, de manera que no es ya extraño que decidan darte una mojada si la cantidad de dinero que portas no les satisface.

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La atención al entorno para tratar siempre que podamos de evitar vernos inmersos en una situación peliaguda es primordial: en Filipinas, ningún eskrimador consciente caminaría jamás por una calle atestada de gente, pongo por caso, con un MP3 a todo volumen y pensando en las musarañas, pues un grado de distracción de tal magnitud es casi como invitar a tu mesa al desastre. Conviene ir siempre, aunque sea de manera relajada, pendientes de lo que nos rodea (tampoco es preciso caer en la paranoia, pues la situación en nuestro entorno no es tan insegura como por aquellos lares… aún); y, a la menor señal de alerta, anticiparnos desapareciendo sin dilación del escenario donde se puede sustanciar un posible foco de conflicto. De cualquier manera, si pese a todo nos terminamos metiendo en la boca del lobo, creo que la mejor filosofía es la que propugnan los estilos filipinos (y, una vez más, tengamos en cuenta que no es esto por lo que aboga el ordenamiento jurídico español, de modo que legalmente, por paradójico que resulte, los que estaremos infringiendo la ley somos nosotros): cuando ya el enfrentamiento sea inevitable, toma la iniciativa y acaba con tu adversario de la manera más contundente y expeditiva de la que seas capaz, porque es muy posible que tu vida dependa de ello. Una resolución diligente sin vacilar, una acción concluyente sorpresiva, y una rápida retirada una vez estemos seguros de que nuestro enemigo se halla incapacitado para perseguirnos, pueden evitar las lágrimas de nuestros seres queridos ante nuestra lápida. Y, si la suerte no nos deja otra carta que jugar… recordemos aquel adagio que reza que, para que llore mi madre, mejor que llore la suya. Las AMF, dadas las peculiaridades que en aquel país se han dado siempre a lo largo de su Historia y que siguen perdurando en muchas partes del archipiélago (ya se habló de ellas en un epígrafe anterior), no pueden permitirse el lujo de ser magnánimas con quien te agrede e ir a causarle “el menor daño posible”, pues es prácticamente seguro que el agresor no va a ser ni mucho menos tan munificente: a poco que pueda, no le va a doler prenda ninguna a la hora de enterrar su hoja en los puntos más vulnerables de tu anatomía.

Así pues, intentemos siempre evitar situaciones y ambientes que puedan degenerar en confrontaciones violentas. Esa típica manía, tan hispana, del “¡venga, acerquémonos a ver qué pasa!” en cuanto suenan gritos amenazantes, no es sino un billete de ida sin vuelta a situarnos en trances escabrosos de los que, quizá, no salgamos tan de rositas como nos gustaría.

Las películas, películas son

Sí, todos hemos disfrutado en el cine de las “hazañas” de gente como Bruce Lee, Van Damme, Chuck Norris o Steven Seagal. No obstante, por muy “reales” que parezcan sus confrontaciones con una legión de adversarios de las que, invariablemente, son capaces de salir casi sin despeinarse, no dejan de ser coreografías muy bien planificadas, pero sin ningún punto de contacto con la realidad. No hay siquiera visos de verosimilitud en un solo individuo liquidando con más o menos facilidad a media docena de adversarios. En la vida real, es extremadamente difícil que podamos vencer a dos agresores que nos atacan al unísono, a no ser que sean muy estúpidos o que las circunstancias ambientales jueguen mucho a nuestro favor. Vencer a tres o más sujetos realmente decididos a acabar con nosotros (no infelices impresionables que mojen los calzoncillos cuando derribas al primero, ni que decir tiene), entra decididamente dentro del campo de la ciencia-ficción.

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No obstante, nos guste o no, podemos vernos por desgracia inmersos en tan desfavorable coyuntura (como sucedía en el ejemplo de la discoteca puesto en el epígrafe anterior). Curtidos a lo largo de su existencia en mil batallas, y plenamente conscientes de que un “uno contra uno”, en caso de enfrentamiento, es casi una situación ideal, pero poco probable que se produzca, los pueblos filipinos introdujeron desde muy temprano en sus artes marciales el concepto de “ataque en masa”, y las estrategias para intentar sobrevivir en este tipo de lides. ¡Ojo, no nos equivoquemos!: ya he mencionado el pragmatismo que suele impregnar invariablemente el enfoque de las AMF, de modo que ni por asomo piensan en que un único individuo pueda ponerse a pelear con muchos y salir victorioso. Ni mucho menos son tan ilusos. Lo que los filipinos pretenden al plantearse un “ataque en masa” suele ser simplemente tratar de “romper” la barrera que los agresores forman para escapar lo antes que se pueda de tan ominoso escenario: embates rápidos y sorpresivos sin entretenerse demasiado con un único rival, movimiento continuo intentando evitar el acorralamiento, procurar que los adversarios se estorben unos a otros… para, a la más mínima oportunidad, en cuanto se logre encontrar un hueco, huir lo más rápidamente posible del lugar. Y, por supuesto, tratar siempre de tener a mano o, en su defecto, improvisar un arma que nos dé aunque sea una leve ventaja sobre el tumulto de asaltantes o que al menos nos permita, si ellos también van armados (reitero de nuevo que los filipinos no conciben el enfrentamiento desarmado más que como último recurso), volver en la medida de lo posible las tornas contra nuestros hostigadores.

Por tanto, la primera opción en un enfrentamiento múltiple ha de ser siempre la huida. No juguemos al héroe: los cementerios están llenos de gallardas y temerarias demostraciones de una mal entendida “valentía”. Quedarse quieto a pie firme tratando de repeler la agresión de varios indeseables y pretender salir incólume demuestra muy poca inteligencia, una fe rayana en temeridad en las propias posibilidades francamente suicida… o una incosciencia lindando con la candidez (por no utilizar otro término menos “políticamente correcto”) digna de mejor causa. No perdamos de vista que el que huye y salva la vida puede volver a pelear otro día. No conozco a ningún muerto capaz de tal proeza. Recordad otro viejo adagio: “Más vale cobarde vivo que héroe muerto”.

Simplicidad ante todo

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Street fight

Cuando el enfrentamiento, pese a todos nuestros esfuerzos por soslayarlo, se ha tornado inevitable, tengamos siempre presente un principio que nunca debemos olvidar y que constituye probablemente uno de los axiomas más relevantes de las AMF: máxima eficacia con el mínimo esfuerzo. Cuanto más complicada sea una técnica y más preparación necesite para ponerse en práctica, menos posibilidades tendremos de aplicarla con éxito en una situación real. Las técnicas “de calle” han de ser lo más simples y devastadoras posibles, para acabar cuanto antes con la no deseada confrontación. No “juguemos” con un adversario, por muy convencidos que estemos de nuestra superioridad. Recordad: no hay enemigo pequeño. Es por ello que el elenco técnico de los estilos filipinos acostumbra a ser letal de necesidad: tanto armados como a mano vacía, dichos estilos buscan siempre que cada golpe, cada impacto, cada tajo, cause el mayor de los estragos posible en el organismo de nuestro antagonista, para así incapacitarle con la mayor de las prontitudes de la que se sea capaz.

Por otro lado, recordemos asimismo lo expuesto en el epígrafe relativo a la impredecibilidad: nunca sabemos si rondan por las proximidades uno o varios cómplices del agresor que nos pueden dar un serio disgusto. Desde el punto de vista filipino, la pelea en el suelo se intenta evitar siempre que sea factible no solo, aunque sea el motivo principal, porque se da por sentado que nuestro enemigo lleva una o varias armas ocultas; también porque, mientras nos enzarzamos con un sujeto, sus “colegas” pueden decidir que están aburridos y, con el fin de distraerse un poco mientras estamos rebozándonos por el piso con su amiguete, ponerse a jugar un alegre partido de fútbol usando de balón nuestra cabeza y costillas… o sacar a relucir sus armas y, haciendo alarde de su sensibilidad estética, resolver que estamos más monos convertidos en un bonito colador lleno de agujeros.

Resumiendo, y una vez más: cuando no quede más remedio que recurrir a la acción física, debemos acabar lo más rápidamente posible con nuestro agresor y abandonar a toda prisa el lugar del ataque. Las pérdidas de tiempo y los juegos, cuando se halla en peligro nuestra integridad, están invariablemente de más. Y, para colmo, pueden hacer que termines el día explicándole a San Pedro por qué fuiste tan buena persona que no quisiste convertirte en abusón y liquidar rápidamente a ese infeliz que se atrevió a levantarte una mano… hasta que de pronto, sin saber de dónde había salido, apareció por arte de magia un puñal en la otra y, ¡mira tú qué curioso!, antes de darte cuenta tenías como por ensalmo el susodicho filo incrustado directamente en tu corazón. Y lograste tu objetivo: no te convertiste en un abusón, no…

Te convertiste simplemente en cadáver.





Algunas consideraciones sobre defensa personal y artes marciales filipinas.

20 10 2009

Por José María Carrasco


¿Qué es defensa personal?

Contra lo que pudiera parecer merced a la publicidad que realizan ciertos gimnasios, academias y federaciones de artes marciales, la “defensa personal” no existe como tal; esto es, no hay una serie de técnicas estereotipadas y diferenciadas que, en su conjunto, pueda recibir este nombre. Cada arte marcial extrapola de su bagaje y repertorio ofensivo-defensivo una combinación más o menos coherente, afortunada y efectiva de recursos que, en caso de necesidad, resulte útil en una situación que pudiéramos denominar “de calle”. Dicha combinación no es ni mejor ni peor que la que, con este fin, anexa otro arte marcial diferente, siendo todas estas interpretaciones válidas y respetables. Eso sí, no nos queda más remedio que aceptar que, a día de hoy, hay sistemas que están mucho más encauzados que otros al fin de la autopreservación; su enfoque tiende a ser asimismo, por mor de este objetivo, más práctico y realista que el de otras artes que han evolucionado persiguiendo metas igualmente lícitas y encomiables… pero que, lógicamente, las han conducido hacia derroteros muy diferentes.

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Las Artes Marciales Filipinas (en adelante “AMF” para abreviar) se incardinan sin la menor duda en el primer grupo: históricamente, al ser las Filipinas una nación insular, las guerras entre distintas islas o entre clanes y familias dentro de una misma isla han sido siempre una realidad cotidiana… incluso hasta nuestros tiempos. La autoridad policial, en muchos lugares, es escasa o directamente inexistente. Para muchos filipinos, pues, resulta perentorio aprender de manera rápida y resolutiva cómo defenderse, y hacerlo sin florituras, artificios o “adornos” innecesarios, dado que una habilidad que no se muestre ciento por ciento efectiva puede muy bien significar la diferencia entre vivir… o irse a reunir con los dioses en los que se crea. Dicha efectividad se ha probado siempre, en lo tocante a estos sistemas, en el peor de los escenarios posibles: bien en los campos de batalla, bien en enfrentamientos reales a muerte. En tales circunstancias, como se puede fácilmente comprender, no existen segundas oportunidades ni margen de error posible: una técnica funciona y quien la utiliza vive… o no lo hace y quien la ha intentado emplear acaba siendo pasto de los gusanos.

Volviendo al tema que nos ocupa, se podría decir que existen tantas “defensas personales” como artes marciales hay… e incluso, apurando dicho razonamiento, como profesores impartiendo estas enseñanzas, ya que cada uno, según su formación, filias, fobias, puntos fuertes y carencias de aptitud, seleccionará unas técnicas y descartará otras. De lo que no cabe la menor duda, por consiguiente, es de que cuanto más ampliemos nuestras miras sin cerrarnos a nada, y cuanto más entrenemos de forma diligente y realista, mayores serán las posibilidades que tendremos de responder adecuadamente a un ataque. Retomando la pregunta que daba título a este epígrafe, concluyamos pues que defensa personal no es sino cualquier método que nos permita salir incólumes o, al menos, lo más indemnes que sea posible, de una agresión contra nuestra integridad física. Ni más ni menos. Y en ese particular, por todo lo expuesto anteriormente, las AMF gozan de una merecida reputación. Por poner un ejemplo extremo, si alguien nos ataca y tenemos a mano una piedra, que aprovechamos para estamparle en la cabeza al agresor y salir huyendo, que no quepa duda de que hemos hecho uso de una buena técnica de defensa personal, con independencia de la “ortodoxia” de la misma. Es otra de las peculiaridades que caracterizan a las AMF: su idiosincrasia no contempla el combate desarmado más que como último recurso; de modo que, en manos de un experto eskrimador, casi cualquier objeto puede literalmente en un momento dado ser utilizado como arma, desde una lata de refresco hasta un simple pedacito de madera. Por ende, tampoco se preocupan en exceso de si el pie tiene que tener tal angulación, o si la mano ha de estar situada en tal posición. Es evidente que existe una manera “correcta” y otra “incorrecta” de hacer las cosas, sobre todo en los primeros estadios de aprendizaje. Ahora bien, superada esa fase inicial, una de las máximas que las define se podría resumir en el siguiente aforismo: “si a ti te funciona, úsalo”. Lo importante es, como antes ha quedado expuesto, salir lo menos dañado posible del enfrentamiento, no la “pureza” de lo que se ha usado ni si sigue fielmente los patrones que marcó en su día el Gran Maestro Fulanito de Tal. Porque lo que al GM Fulanito le funcionaba puede muy bien que a otro individuo no; y, cuando está en juego la propia vida, constituiría un error demencial, cuando no directamente suicida, querer que el individuo cuya supervivencia peligra actúe como un calco del GM Fulanito… dado que a él no le funcionan las técnicas de aquel venerado Gran Maestro. Cada cual tiene que averiguar qué es lo que le funciona A ÉL, y ser capaz de ponerlo en práctica para preservar su existencia o la de sus seres queridos. Y esto es algo que los filipinos siempre han tenido meridianamente claro.

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De la misma manera (y conste que lo que viene a continuación no es ni por asomo lo que marca la actual legislación vigente en España, así que está tajantemente desaconsejado a efectos legales), la perspectiva de las AMF a la hora de abordar una situación de defensa personal tiende a ser muy proactiva. Volvemos al punto enunciado unas líneas atrás de que un filipino no concibe un enfrentamiento desarmado más que como último recurso, y asume por tanto que su atacante, estén o no visibles, porta una o varias armas dispuestas para ser utilizadas de inmediato. En una coyuntura de esa índole, adoptar una actitud defensiva, y esperar por consiguiente la acometida del asaltante antes de iniciar una posible defensa, es el modo casi seguro de dar con nuestros huesos en el camposanto más cercano. Una vez cabe suponer de forma razonable que existen muchas probabilidades de que la agresión se produzca (

echar mano inopinadamente a un bolsillo o hueco en la ropa suele ser un indicativo bastante fiable; ver directamente un filo, aun cuando el agresor todavía no lo empuñe, no deja ya lugar, en la mentalidad filipina, ni a la más mínima duda), el eskrimador tratará de tomar la iniciativa e impedir por todos los medios que su enemigo pueda reaccionar y tenga tiempo, por tanto, de esgrimir una de sus armas, lo que haría disminuir drásticamente las posibilidades de supervivencia del defensor. “Ataque preventivo” es un concepto no solo habitual, sino imprescindible para salir con bien de una agresión dentro del marco geográfico de las Filipinas, y en consecuencia ha sido profusamente adoptado por sus artes marciales.

Finalmente, hagamos alusión a que el combate de suelo, como variante de defensa personal, no ha sido demasiado desarrollado entre los estilos filipinos… a causa del mismo motivo: se supone que nuestro atacante siempre lleva consigo una o varias armas, las veamos o no. Irnos al suelo con un enemigo armado, por mucho que dominemos ese medio, no es ni mucho menos la mejor de las ideas.

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Sentido común

Partiendo de la base expuesta en el punto anterior, el arma de autodefensa más importante a la hora de abordar una confrontación callejera es el sentido común, que por desgracia, como bien dice un conocido aforismo, es el menos común de los sentidos. Si nos dejásemos llevar menos por la adrenalina y la testosterona y más por la tranquilidad y el razonamiento objetivo, nos daríamos cuenta de que el 99′9% de las peleas son absolutamente evitables… y resulta muy conveniente soslayarlas si, como contemplan las AMF, las armas pueden salir a relucir en cualquier instante. Pensemos: ¿vale la pena, por muchos conocimientos de autodefensa que tengamos, jugarnos la vida frente a un navajero por unos pocos euros? ¿Tanto ofende nuestra dignidad el que menten a nuestra madre de forma vejatoria como para enzarzarnos en una trifulca a mamporro limpio? ¿Esa abolladura en el coche merece que castiguemos al infractor con una patada en los genitales? Y así podríamos seguir poniendo ejemplos hasta el infinito, y siempre, si mantenemos la serenidad y no nos dejamos llevar por ese irascible pronto que a todos parece acometernos en un primer instante, habríamos inequívocamente de responder de una sola manera: NO. No importa qué nos llamen o lo que nos hayan hecho, si alguien viene con la intención de agredirnos y podemos salir corriendo, no dudemos en hacerlo (otro cantar es que tal opción no sea factible, ni que decir tiene). Esto es defensa personal, sí. Y si podemos aplacarle aun a costa de suplicar y humillarnos, también es defensa personal. ¿Que hay quienes opinan que tal comportamiento es una cobardía? Bien, ¿y qué? Creedme, es preferible pasar por cobarde ante el mundo entero que terminar tendido en un charco de sangre… además de que, si la pendencia pasa a mayores pese a nuestros intentos de soslayarla, un enemigo que nos juzga como un “cobarde que se humilla” se suele descuidar y resulta más fácil de batir que otro que desde el primer momento nos encuadre en la categoría de “enemigo peligroso”. Esto se torna de capital importancia desde el punto de vista de las AMF si consideramos, como se hace en estos sistemas (no me cansaré de reiterarlo), que el agresor es más que seguro que vaya armado: un enemigo que se ufane de su superioridad quizá no se plantee ni sacar el arma, facilitándonos mucho la defensa. Si lo hace, hay más probabilidades de que se confíe y cometa errores que le pueden costar muy caros si nos infravalora que si, directamente, nos cataloga como un adversario complicado, en cuyo caso posiblemente deje de lado las baladronadas y fanfarronerías típicas para ir directamente a tratar de asestarnos un “golpe de gracia” con el filo.

En fin, si tenéis parejas que ante cualquier ofensa, por mínima que sea, consideran que debéis “defender su honra” demostrando fehacientemente vuestros conocimientos marciales al ofensor, o amigos que, por pura diversión, os instan a pelearos ante cualquier situación donde se puede evitar, al precio que sea, un enfrentamiento… cambiad de pareja y amistades. Es un consejo sincero, palabra  de honor, que os ahorrará muchos quebraderos de cabeza… y, en el mejor de los casos, no pocas magulladuras. En el peor, una cita con el enterrador y un bonito pijama de pino.